Francesco
Tonucci (Fano, 1940), es un pensador, psicopedagogo, investigador
y dibujante italiano. Sus
investigaciones se centran en el desarrollo cognitivo de los niños,
su pensamiento, su comportamiento y la relación entre la cognición
de los niños y la metodología educacional.
En
esta entrada voy a hacer un resumen de esta conferencia añadiendo un
poco de información extra y expresando mis opiniones.
La
primera cuestión que plantea Tonucci es que dudamos que la escuela
que tenemos sea suficiente, y esto es un problema según él,
porque parece que la escuela que tenemos no es buena para mañana y
por lo tanto, no es buena para hoy. Se suele decir que la escuela,
profesores y alumnos de antes eran mejores.
Tonucci
busca una nueva escuela, pero no cree que la comparación con la
anterior escuela sea buena.
Por
mi parte, discrepo un poco con él en esto, ya que si no comparamos
las escuelas, si no apreciamos lo que nos parece bueno y malo de cada
una (individualmente de cada persona, por su puesto, ya que no todos
querrán la misma escuela que quiere él), entonces no podremos saber
qué es lo que realmente nos gusta para crear una buena escuela en un
futuro adaptada a nuestros principios.
Nos
cuenta que la escuela de su infancia estaba caracterizada porque se
decía que era una escuela para pocos, y estos pocos eran las
familias ricas, sensibles o cultas.
La
escuela entonces completaba una información (en historia se
estudiaba la antigüedad y en la familia se aprendía la modernidad),
la escuela daba algo más.
Pero
con la llegada de la democracia se produce un cambio. Y
el cambio más profundo para él es que la escuela de hoy se ofrece a
todos. Pero lo que no ha cambiado es el programa escolar, sigue
siendo una propuesta para niños que ya saben bastante y la ofrecen a
niños que no saben nada. Añade frases como: “Lo
siento, pero su hijo no me sigue, no me hace caso, no se esfuerza...”
Y a esto añade: El desafío verdadero es que necesitamos escuelas
para niños discapacitados, que se quedan atrás… una escuela para
TODOS. Es decir, el desafío que propone es aprender a enseñar a
estas personas, a que ellas puedan ser igual que el resto de la clase
y no apartarlos por ser diferente o no poder seguir el ritmo.
En
uno de los dibujos que mostró aparecía esta frase, la cual me gustó
mucho: “Pienso
que se podría aprender aun sin odiar lo que estudiamos.” Por
esta frase es por la que yo estoy aquí en esta carrera. Lo
que yo pretendo estudiando magisterio de primaria es hacer que los
niños encuentren atractivo en lo que están estudiando. Pienso que
siempre se influencia a los niños desde muchas partes, haciendo que
el niño vea el colegio como algo malo y los estudios como algo
inservible. Obviamente todavía no sé cómo quiero hacerlo, pero en
estos cuatro años que me quedan por delante, mi objetivo es buscar
la manera de enseñar haciendo que los niños vean una utilidad y
sepan qué es lo que estudian, y sobretodo, que consigan amarlo.
Tonucci
añade algo más: la nueva escuela es una escuela que no les gusta a
los alumnos (igual que siempre), pero ahora tampoco le gusta a los
padres. Ahora los padres protegen a sus hijos de los profesores, de
las notas que les ponen. Si su hijo ha sacado mala nota, no es su
culpa, es culpa del profesor. Aquí me gustaría añadir una
fotografía que encontré una vez y guardé porque me parecía muy
interesante:
Pero,
por otro lado, Tonucci
nos dice que la escuela ahora tampoco les gusta a los maestros, ni
tampoco a la sociedad ni a los gobiernos, ya que no paran de
cambiarla y de hacer reformas para ello.
En
parte estoy de acuerdo con esto, pero por otro lado, odio las
generalizaciones, por lo tanto creo que no tenemos el porcentaje que
nos informe de qué cantidad de padres y de maestros odian la
escuela, por lo tanto prefiero no comentar al respecto.
Entonces
Tonucci, en su búsqueda de una escuela para el futuro, propone: “Una
escuela para mañana debería ser una escuela para todos.”
No puede seguir siendo, como dijo antes, una escuela para pocos.
Propone
también que el deber de la escuela sea dar las bases culturales a
los alumnos, ofrecerse como lugar para que este viva en otro mundo,
un lugar cuidado con buen ambiente, ya que a veces los alumnos pasan
más tiempo en la escuela que en la casa, y
normalmente no pensamos en
este sitio como un lugar placentero, agradable o significativo como
nuestra casa.
Nos
comenta también que siempre debemos empezar escuchando a los niños,
interesándonos en lo que cada uno de ellos lleve a la escuela, ya
que su material escolar no es un libro de texto, sino su pensamiento.
Tonucci
pretende hacer una escuela más práctica, donde se ejemplifiquen los
conocimientos aprendidos, donde se cree y se practique. “Me
gustaría mucho que desaparecieran las aulas y la escuela estuviera
solo compuesta por talleres.”
Esa
idea me parece muy buena, es un cambio drástico en la organización
del centro pero creo que podría ser muy útil. Creo que por lo menos
un porcentaje de los alumnos estarían más entretenidos y
aprenderían más.
También
me pareció muy interesante el tema que trató después: “Yo
creo que hay trabajo, para los mejores (…) Y yo creo que cada uno
de nosotros y cada uno de nuestros alumnos puede ser excelente en
algo.” Esto
es otro desafía de la educación: ayudar a cada uno a sacar esa
excelencia escondida, revelarla y dedicar todas sus energía a que
sea el mejor. Y en esto estoy muy de acuerdo, aunque nunca hay que
olvidar el resto de las cosas, creo que al niño hay que formarlo un
poco en todo y centrarse en el aspecto en el que destaque.
Tonucci
está en contra de la educación según la demanda del mercado
laboral, dice que si se necesitan obreros, la escuela crea obreros.
Pero me parece una generalización demasiado grande. He oído hablar
de escuelas que efectivamente siguen esa programación educativa,
pero no todas las escuelas lo hacen, de hecho no conozco ninguna en
nuestra ciudad que lo haga.
Pero
con lo que sí estoy de acuerdo es que lo que dice a continuación:
Necesitamos personas felices, este es el desafío de la escuela, de
la educación, de los padres y de los maestros. Dice que si somos
felices, tenemos más probabilidad de encontrar trabajo, porque
sobre todo, potenciamos lo que nos gusta.
Y
aquí habla de la escuela científica, aquella que eduque en la
investigación y no en la verdad, ya que nosotros no tenemos la
verdad, sino que nos acercamos a ella. Y esto me ha parecido muy
interesante. No conocía este término de escuela, pero me parece muy
interesante. Me ha recordado a una frase de César Bona en su libro
La Nueva Educación (2015): “Soy
maestro pero no lo sé todo.”
Como
último tema a tratar,
Tonucci nos habla de la diversidad en los centros: “Una
es cuela buena es donde hay diversidad.” Por
eso, nos dice, siempre ha preferido la escuela pública (aunque no
odie la privada), ya que da más oportunidades a la diversidad. Y
no solo se refiere a personas de capacidades diferentes, o de
diferentes etnias, sino también al género de los niños, y añade
la edad.
Ve
la separación de edades como otra barrera que es necesaria romper,
ya que cada niño tiene un nivel diferente que no está delimitado
por su edad.
Entonces
formula esta pregunta: ¿Cómo podemos conseguir tener otra escuela
para mañana? Y nos dice que cada niño que nade debe tener derecho a
una buena educación, y por consiguiente, un buen maestro. Así que
llega a la conclusión de que no hace tanta falta cambiar la escuela,
sino dedicarse a la formación de los maestros, pretendiendo formar
una escuela de la escucha, abierta, de los tantos lenguajes, de la
diversidad, de la creatividad, de la cooperación y científica. Por
lo tanto, Tonucci dice que solo hace falta crear una escuela de
formación para el profesorado, la cual sea coherente con estos
principios.
Nunca
antes había oído hablar de Francesco Tonucci, lo
he conocido gracias a este vídeo de su conferencia. La verdad es que
no me ha resultado nada pesado escucharlo como pensaba que sería, al
contrario, me ha resultado muy interesante y muy práctico. Ha hecho
que mi mente se expanda un poquito y sea capaz de ver algunas cosas
desde otro punto de vista.
Espero
que este resumen/reflexión le pueda servir de algo a alguien y que,
igual que a mí, a ver si soy capaz de abrir un poquito la mente de
alguien.